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domingo, 13 de septiembre de 2009

Balada de la Cárcel de Reading... III Parte


Balada de la cárcel de Reading

III


En el Patio de los Deudores
son duras las piedras, húmedo el alto muro,
y cuando tomaba el aire
bajo el cielo plomizo
a cada lado un guardia caminaba
para que el hombre no muriera.

A veces se sentaba con esos que guardaban
su angustia día y noche;
con quienes lo guardaban al llorar
y al arrodillarse para el rezo.
Con quienes lo guardaban, no sea que robara
la presa del patíbulo.

El Director era inflexible en aplicar
las disposiciones de la Ley;
el Doctor afirmó que la muerte
era un acto científico;
y dos veces al día lo visitaba el Capellán
y dejaba su pequeño folleto.

Y dos veces al día fumaba su pipa
y bebía su cuarto de cerveza;
su alma en actitud resuelta
no dejaba escondrijo para el miedo.
A menudo decía estar contento
de que el día del verdugo se acercara.

Pero por qué decía cosa tan extraña
ningún guardián osaba preguntar;
pues quien asume
la misión de guardián
debe sellar sus labios y transformar
en máscara su rostro.

De lo contrario, podría conmoverse,
podría tratar de dar consuelo:
¿Y qué podría lograr la Piedad Humana
acorralada en un Hoyo de Asesinos?
¿Qué palabra de gracia en tal lugar
podría ayudar el alma de un hermano?

* * * * *

Cabizbajos por el ruedo
hicimos el Desfile de los Locos.
Nada nos importaba: sabíamos bien
que éramos la Brigada del Diablo,
y con cabeza rapada y pies de plomo
nos prestamos a la alegre mascarada.

Desgarramos la cuerda alquitranada
con uñas romas, sangrantes;
frotamos las puertas, fregamos los pisos
y pulimos los barrotes brillantes;
y madero tras madero el tablón jabonamos
entre el estruendo de los cubos.

Cosimos los sacos, rompimos las piedras
y trabajó el taladro polvoriento:
golpeamos las latas y gritamos los himnos,
y sudamos en el molino,
mas en el corazón de cada hombre
quieto yacía el terror.

Y se hallaba tan quieto que cada día
se arrastraba cual ola sofocada por algas;
y olvidamos nuestro destino amargo
que espera por igual a pillo o necio,
hasta que una vez, volviendo del trabajo con andar pesado
pasamos junto a una tumba abierta.

Con bostezo feroz el amarillo pozo
a bocanadas parecía pedir algo viviente
y aun el barro mismo clamaba por la sangre
al ruedo de sediento asfalto.
Sabíamos que antes que cierto alba aclarara
un preso habría de ser colgado.

Y entramos con el alma absorta
en Muerte y Sueño y Hado.
El verdugo con su valijita
arrastraba los pies en la penumbra;
yo temblaba, a tientas en camino
hacia mi tumba numerada.

* * * * *

Esa noche los vacíos corredores
se llenaban de formas del Temor,
y por toda la ciudad de hierro
había pasos furtivos que no oíamos
y a través de las barras que esconden las estrellas
parecían asomarse caras blancas.

Yacía como quien soñase
en prados placenteros.
Los guardias en custodia de su sueño
no podían comprender
que alguien durmiera ese sueño dulce
tan cerca de un verdugo.

Pero no hay sueño cuando debe haber llanto
en quien nunca ha llorado.
Y nosotros -el necio, el pillo, el impostor-,
quedamos en vigilia interminable,
y en cada seso en manos del dolor
el terror de otro hombre se insinuaba.

¡Ay, es algo tan terrible
sentir la culpa de otro
!La Espada del Pecado penetraba
hasta su empuñadura envenenada
y nuestras lágrimas eran de plomo derretido
Pues la sangre no habíamos nosotros derramado.

Los guardias con calzado de felpa se acercaban
a cada puerta cerrada con candado
y atisbaban con ojos consternados
grises figuras en el suelo,
preguntándose por qué se arrodillaban a rezar
quienes jamás antes rezaran.

¡Rezamos toda la noche arrodillados,
insensatos dolientes de un cadáver!
Las agitadas plumas de medianoche
agitaron las plumas funerarias.
Y como el vino amargo de la esponja
era el sabor del arrepentimiento.

* * * * *

El gallo gris cantó, cantó el gallo rojo
mas el día no llegó:
formas torcidas del Terror se agazaparon
por los rincones donde yacíamos
y cada espíritu maligno que vaga por la noche
se nos aparecía.

Pasaban deslizándose, ligeros
cual viajeros en velo neblinoso;
se mofaban de la luna bailando
un rigodón de vueltas y pasos delicados,
y con ritmo formal y gracia repugnante
los fantasmas acudían a su cita.

Con mueca consternada los miramos pasar,
esbeltas sombras tomadas de la mano;
giraron y giraron en grupos fantasmales
y bailaron allí la lenta zarabanda:
¡Condenados grotescos hicieron arabescos
como el viento en la arena!

Y con piruetas como de marionetas
sus pasos afilados tropezaron;
llenaron los oídos con las flautas del Miedo
en esa horrible mascarada,
y a toda voz cantaron mucho tiempo
pues cantaban para despertar los muertos.

«¡Oh!», cantaban, «¡ancho es el mundo
pero cojean las extremidades aherrojadas!
Y tirar los dados una vez o dos veces,
es juego caballeresco
pero no gana jamás quien con el Pecado juega
en la secreta Casa de la Vergüenza.

»No eran cosas de aire esas bufonadas
que con tal júbilo retozaban
para hombres con vidas en grilletes,
cuyos pies jamás serían libres.
¡Ah! ¡Por las heridas de Cristo!
Eran algo viviente
y algo horrible de ver.
Girando y girando devanaron el vals,
dieron vueltas algunos en parejas sonrientes;
con el paso afectado de un viajante,
algunos se acercaron con sigilo al peldaño
y con burla sutil y mirar de malicioso servilismo
todos ayudaron a decir nuestras preces.
Comenzó su lamento el viento matinal
pero la noche continuó;
en su enorme telar la red de la tristeza
se extendió hasta que cada hebra fue hilada:
y al rezar, nuestro miedo creció
ante la justicia del sol.

Vagó con su lamento el viento
por los muros llorosos de la cárcel.
Hasta que como rueda de acero giratorio
sentimos los minutos que avanzaban a rastras:
¡oh, viento clamoroso! ¿Qué habíamos hecho
para merecer tal alguacil?

Al fin pude ver los barrotes sombreados
cual enrejado que forjado en plomo
se moviese por el muro blanqueado
frente a mi camastro de tablas
y supe que en un lugar del mundo
era roja el alba horrible de Dios.

Limpiamos nuestras celdas a las seis,
todo era calmo a las siete,
pero el susurro y el vaivén del viento
colmaba la prisión:
con su aliento helado el señor de la Muerte
había entrado a matar.

Y no pasó en purpúreo esplendor
ni montó corcel de blanco lunar.
Tres yardas de cuerda y un tablón
es lo que la horca necesita:
y así con cuerda de vergüenza el Heraldo llegó
a perpetrar la acción secreta.

Éramos como hombres que a través de un pantano
de inmunda oscuridad a tientas van.
No osamos murmurar una plegaria
ni tampoco alentamos nuestra angustia,
algo muerto se encontraba en nosotros
y eso muerto era la Esperanza.

La justicia del hombre inexorable avanza
y no habrá de apartarse:
mata al débil, mata al fuerte
en mortífera zancada:
¡mata con taco de hierro
el monstruoso parricida!
Esperamos que sonaran las ocho.
Con la lengua hinchada por la sed
pues el octavo golpe era el Destino
que hace a un hombre maldito.
Y usará el Destino un nudo corredizo
para el hombre mejor y para el peor.

Nada teníamos que hacer,
sólo esperar que la señal llegara.
Así como piedras en valle solitario
mudos e inmóviles quedamos;
pero cada corazón latía agitado e intenso,
cual tambor de un demente.

En súbita conmoción el reloj de la prisión
golpeó el aire estremecido
y de toda la cárcel una queja se elevó
de impotente desespero.
Como el gemido que oyen pantanos asustados
de algún leproso en su cueva.

Y como quien ve algo horrible
en el cristal de un sueño,
vimos la soga de cáñamo grasiento
que montaba la viga ennegrecida
y escuchamos el rezo que el nudo del verdugo estrangulara
hasta que fuera un grito.

Y toda la aflicción lo conmoviera tanto
que soltó un grito amargo;
y los locos pesares, los sudores sangrientos
nadie los conocía como yo:
quien vive más de una vida
muere más de una muerte.


Oscar Wilde
Traducción de E. Caracciolo Trejo Oscar Wilde, Poemas -2oo1 -Ediciones Colección de poesía RÍO NUEVO/XXVIBarcelona, España

sábado, 1 de agosto de 2009

Balada de la cárcel de Reading ... II Parte


Fotografía de Oscar Wilde

Balada de la cárcel de Reading
A la memoria de C. T. W.antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería.Muerto en el Presidio de Reading, Berkshire, 7 de julio de 1896:



II Parte


Seis semanas nuestro soldado dio vueltas
por el patio, vistiendo el gris raído,
con gorra en la cabeza
y paso alegre y leve.
Pero jamás vi a nadie que mirara
el día con igual ansiedad.

Jamás vi a nadie que mirara
con ojos tan ansiosos
la azul tienda pequeña
que llaman los presos cielo
y a cada nube arrastrando
sus enredados vellones.

No retorció las manos como lo hacen
los necios que se atreven a alentar
a la Esperanza retadora
en la misma cueva oscura de la Desesperación:
Miró hacia el sol solamente
y bebió el aire matinal.

No retorció las manos ni lloró
ni miró furtivamente o languideció;
sino bebió el aire como si allí encontrara
saludable calmante;
la boca abierta bebió el sol
como si fuera vino!

Y yo y todas esas almas en pena
que caminaban en el otro patio
olvidamos si nosotros mismos
habíamos hecho algo grande o algo insignificante,
y contemplamos con asombro torpe
al hombre al que iban a colgar.

Pues era extraño verlo así pasar
con paso tan alegre y leve,
y extraño era verlo contemplar
con tal ansiedad el día.
Y pensar era también extraño
en esa deuda que pagar tenía.

* * * * *
El olmo, el roble tienen bellas hojas
que brotan en la primavera:
pero era horrible ver el árbol del cadalso
con la raíz mordida por las víboras,
y, verde o seco, debe morir un hombre
antes de dar su fruto.

El lugar más exaltado es ese trono de gracia
al que aspira todo el mundo.
¿Pero quién se erguiría en correa de cáñamo
en el alto patíbulo y echaría
a través de collar asesino
su última mirada al cielo?

Dulce es bailar al ritmo de violines
cuando la vida y el amor son justos;
y extraño y delicado
al ritmo de laúdes y de flautas;
mas no hay dulzura cuando un ágil pie
baila en el aire.

Así, con curiosos ojos y aprehensión oscura
lo observamos día a día,
preguntándonos, si cada uno de nosotros
terminaría de manera igual,
pues nadie puede decir en qué Infierno rojo
su alma ciega extraviarse podría.

Por fin, el hombre muerto
cesó de caminar entre los Jueces,
y supe que estaba de pie
en el negro redil del acusado
y su rostro jamás vería otra vez
en bienestar o desastre.

Cual barcos condenados que en la tormenta se cruzan
nuestras rutas se habían encontrado:
no hicimos gesto alguno, no dijimos palabra,
y no había palabra que decir;
pues no nos encontramos en la noche sagrada
sino en día de vergüenza.

Un muro de prisión nos envolvía
y éramos dos parias;
nos arrojara el mundo de su corazón
y Dios de su cuidado:
la trampa de hierro nos había atrapado,
aquella que el Pecado siempre espera.


Oscar Wilde.


Balada de la cárcel de ReadingTraducción de E. Caracciolo Trejo Oscar ,Wilde, Poemas -2oo1 -Ediciones Colección de poesía
RÍO NUEVO/XXVI,Barcelona, España


domingo, 14 de junio de 2009

Balada de la Cárcel de Reading



BALADA DE LA CÁRCEL DE READING

A la memoria de C. T. W.antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería.
Muerto en el Presidio de Reading, Berkshire, 7 de julio de 1896:

I

No vistió su chaqueta escarlata
porque el vino y la sangre ya son rojos,
y sangre y vino había en sus manos
cuando lo hallaron con la muerta,
la pobre que él amó
y a quien en su lecho asesinara.

Caminó entre los jueces
vistiendo el gris raído
con gorra en la cabeza
y paso alegre y leve.
Pero jamás vi a nadie que mirara el día
con igual ansiedad.

Jamás vi a nadie que mirara
con ojos tan ansiosos
la pequeña tienda azul
que los presos llaman cielo,
y a cada nube fugitiva
que cruzaba con velamen de plata.

Confinado en otros patios con otras almas
en pena me preguntaba
si había hecho algo grande
o algo insignificante,
cuando una voz me susurró al oído
«ese hombre va a la horca».

¡Cristo! Los muros de la prisión
de pronto parecían tambalearse
y sobre mi cabeza era el cielo
un casco de quemante acero.
Y aunque era yo un alma en pena,
mi pena sentir no podía.

Supe qué pensamiento perseguido
su paso apresuraba; supe por qué
miraba el día brillante
con ojos tan ansiosos.
Había matado aquello que él amaba
y tenía que morir.

* * * * *

Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama.
Que todos oigan esto:
unos lo hacen con mirada torva
otros con la palabra halagadora;
el cobarde lo hace con un beso,
con la espada el valiente.

Matan algunos el amor de joven
y otros cuando viejos;
estrangulan algunos con manos de lujuria,
otros con manos de oro:
el más amable usa el puñal
para que el frío llegue antes.

Aman algunos poco tiempo, largamente otros.
Hay quienes compran y también quienes venden.
El acto es cometido a veces en el llanto
y otras sin un suspiro.
Pues todos matan lo que aman;
pero no todos mueren.

No muere una muerte de vergüenza
un día de desgracia oscura;
ni nudo al cuello en la garganta lleva
ni paño sobre el rostro;
ni caen los pies primero por el piso
al espacio vacío.

* * * * *

No se sienta con hombres silenciosos
que lo vigilan noche y día,
que lo vigilan cuando busca el llanto
y también cuando busca la plegaria.
Que lo vigilan; no sea que él mismo robe
de la prisión la presa.

No se despierta al alba para ver
formas temibles en tropel por la celda:
el aterido Capellán en su túnica blanca,
el Alguacil adusto en su tristeza,
el Director en esplendente traje negro
y el amarillo rostro del Desastre.

No se apresura en prisa lamentable
a vestir el ropaje del convicto,
y un Doctor mordaz se regodea
notando el tic nervioso de cada pose nueva;
y en la mano un reloj cuyos tictacs
son como horribles golpes de martillo.

No conoce la sed brutal que lija la garganta
antes de que el verdugo
se deslice con guantes de jardín
por la puerta acolchada,
y lo ate con tres correas para apagar por siempre
la sed de la garganta.

No baja la cabeza para oír
la lectura del oficio mortuorio,
mientras el temor de su alma
le dice que no está muerto;
ni se cruza con su propio ataúd
al acercarse al cobertizo horrible.

Ni mira fijamente al aire
por un techo de vidrio;
ni reza con labios de arcilla
porque termine su agonía;
ni siente en su mejilla vacilante
el beso de Caifás.


Oscar Wilde
Balada de la cárcel de Reading
Traducción de E. Caracciolo Trejo Oscar ,Wilde, Poemas -2oo1 -Ediciones Colección de poesía
RÍO NUEVO/XXVI,Barcelona, España

sábado, 10 de enero de 2009

Oscar Wilde



Oscar Wilde

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde

(Dublín, 1854 - París, 1900) Escritor británico. Hijo del cirujano William Wills-Wilde y de la escritora Joana Elgee, Oscar Wilde tuvo una infancia tranquila y sin sobresaltos. Estudió en la Portora Royal School de Euniskillen, en el Trinity College de Dublín y, posteriormente, en el Magdalen College de Oxford, centro en el que permaneció entre 1874 y 1878 y en el cual recibió el Premio Newdigate de poesía, que gozaba de gran prestigio en la época.

El éxito de Wilde se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos. Así mismo, se reeditó en libro una novela publicada anteriormente en forma de fascículos, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Wilde, cuya autoría le reportó feroces críticas desde sectores puritanos y conservadores debido a su tergiversación del tema de Fausto.

Desde que en 1890 se estrenara su polémica obra de teatro El retrato de Dorian Gray, seguida de El crimen de lord Arthur Savile y otros cuentos, la fama le acompañó. Sus comedias -El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895), La importancia de llamarse Ernest (1895)- lo convirtieron en toda una personalidad social. Sin embargo, una problemática serie de juicios derivados de sus relaciones homosexuales con el joven lord Alfred Douglas lo llevaría en 1895 a prisión, donde escribiría la epístola De Profundis. Murió en un hotel de París en 1900.

Hablar de Oscar Wilde me tomaría días completos, y creo que no me serían suficientes. Fue, por fortuna, mi primer experiencia en el mundo de la lectura. Cuando era aún muy pequeña, en eso de mis 9 ó 10 años de vida, fué que leí con mucho interés y entusiasmo, las obras maravillosas de Oscar Wilde. Oh! Cuanto me divirtieron... Recuerdo que las leí una y otra vez, y cada vez encontraba en esas lecturas algo nuevo, algo mágico... Leí una a una las obras que tuve a mano.

Viví con mi abuela durante mi infancia y parte de mi adolescencia, y me recuerdo encantada cada vez que descubría los libros y tantas cosas inútiles, quizá, pero llenas de magia que tenía en su librero, en su sala de estar.

Había en ese librero, libros, por supuesto, pero también recuerdo que había un par de zapatos suecos, una muñeca japonesa, vestida con ese hermoso colorido kimono dentro de una caja de cristal; y como olvidar a esa muñequita española morena enfundada en su vestido rojo de gala, lleno de holanes y brocados, arreglada con tantos detalles, con todo y sus castañuelas; los cuales eran souvenirs, producto de los tantos viajes que emprendía mi polifacético y muy querido y entrañable tío Rubén... (a quien le debo su espacio). Era toda una experiencia explorar el librero de la abuela...

Pero no me voy a salir mucho del tema, ya que para mi, hablar de mi abuela es otro tema largo y apasionante, lo dejaré para otro momento...

El caso es, que conocí a Oscar Wilde en el librero de la abuela, y me encantó leer sus obras llenas de ingenio, eran por demás divertidas e interesantes... y ahora forman parte de mi vida. Y claro que despertó mi curiosidad por conocer más acerca de esa persona tan maravillosa que me hizo pasar momentos tan agradables, y que puedo decir? Claro que terminé enamorándome de él, entre más lo conocía, más me interesaba. Leí su vida, sus obras, su biografía y sobre todo su sinopsis, la cual resultó mucho más interesante que todas sus obras juntas... Me hubiera encantado conocerlo en persona, no ser él, por supuesto, porque me interesaría mucho más compartir con él, que ser él mismo. Que afortunados quienes lo conocieron, y más quienes compartieron con él, sus muchas aventuras... y no me refiero a las "aventuras sexuales" que tanto le achacan, no, el conocerlo, estoy segura, fué toda una grata peripecia para quienes tuvieron esa suerte, para él, cada día lo fué y lo vivió al máximo, incluso los días que estuvo recluido, tomó siempre lo mejor que la vida le ofrecía, aún en los momentos más críticos que le tocó vivir... Tengo tanto que decir de mi querido Oscar... y tan poco tiempo... pero pronto estaré compartiendo un poco más de mi querido Oscar Wilde...

Dejaré pendiente la segunda parte...

Ruth L. Acosta